En breve
- El Helicobacter pylori se mete en tu estómago, aguanta el ácido que debería matarla, se agarra a la pared y se queda a vivir ahí durante años.
- Y hace algo que casi nadie sabe: le da la orden a tu estómago de que deje de producir ácido. De ahí en adelante empieza todo lo demás.
- Puede estar detrás de la gastritis que no se cura, del reflujo, de la úlcera, de la anemia, del peso que no sube y, en su peor camino, del cáncer gástrico.
- En Latinoamérica es la norma: en un estudio de seis países la infección llegó al 79,4 %, y en la sede colombiana al 83,1 %.
- Se confirma con una prueba sencilla que ni siquiera es invasiva. Y se elimina.
Por qué esta bacteria no se parece a las demás
Quiero que empecemos por entender contra qué estamos. Porque cuando te dicen «tienes una bacteria en el estómago», lo primero que uno piensa es en algo pasajero, algo que se toma un antibiótico y se acaba el cuento. Y con esta bacteria esa lectura te sale cara.
Tu estómago es uno de los ambientes más hostiles de tu cuerpo. Está diseñado así a propósito. El ácido que produces ahí adentro no está solo para deshacer la comida: es tu primera barrera de defensa, la aduana que mata a casi todo lo que llega por la boca sin permiso. Y funciona. Contra casi todo.
El problema es que el Helicobacter pylori aprendió a pasar esa aduana. Es capaz de entrar a tu estómago, resistir un medio en el que la mayoría de las bacterias se disuelven, y meterse dentro de la pared para instalarse ahí. No de paso. A vivir. Meses. Años.
Y hay una segunda característica, que es la que a mí me hace llamarla una bacteria infernal. Una vez adentro, no se limita a sobrevivir: le da la señal a tu estómago para que deje de producir ácido. Es decir, desarma la defensa que casi la mata. Y desde ese momento tú tienes un estómago que ya no fabrica el ácido que necesita.
El giro que lo explica casi todo: te falta ácido, no te sobra
Aquí es donde quiero que pares un segundo, porque esto contradice justamente lo que casi todo el mundo cree.
Cuando a ti te arde el estómago, cuando sientes ese dolor en la boca del estómago, cuando después de comer te sube esa quemazón por detrás del esternón, ¿qué es lo primero que piensas? Que te sobra ácido. Es lo lógico. Es lo que dice la publicidad, es lo que dice el vecino y muchas veces es lo que dice hasta la receta.
No es así. En una buena parte de estos casos lo que está pasando es exactamente lo contrario: te falta ácido. A eso se le llama hipoclorhidria, y es una de las consecuencias directas de tener esta bacteria adentro.
¿Y por qué te arde entonces, si tienes menos ácido? Porque cuando el ácido de tu estómago baja, el esfínter esofágico inferior —esa válvula que separa el estómago del esófago y que debería mantenerse cerrada— se relaja. Y al relajarse, deja pasar hacia arriba lo que nunca debió subir. Eso que tú sientes como exceso de ácido es en realidad ácido en el lugar equivocado. Poco ácido, mal ubicado.
Como vemos, la bacteria no solo se instaló. Reorganizó el funcionamiento de tu estómago a su favor. Y desde ahí, hacia abajo, empieza una cadena de consecuencias que rara vez alguien conecta con su causa.
Míralo explicado
Las siete cosas que puede estar haciendo mientras a ti te dicen que es «gastritis»
Esta es probablemente la parte más importante de todo el texto, y te pido que la leas completa aunque creas que ninguna es tu caso.
Porque el diagnóstico de «gastritis» tiene un problema: suena a punto final. Te lo dicen, te mandan algo para el ardor, y la conversación se cierra ahí. Y casi siempre está incompleta, porque gastritis describe lo que se ve, no lo que lo está causando.
Uno: gastritis crónica. Al infiltrarse en tu estómago y vivir ahí durante meses o años, la bacteria empieza a dañar las células de la pared y a generar una inflamación que no se apaga. Eso es una gastritis crónica. Y esa inflamación sostenida es la que mantiene el estado de hipoclorhidria del que te hablaba, con el ardor y el reflujo que vienen detrás.
Dos: úlcera gástrica y duodenal. La bacteria hace que en tu estómago o en tu duodeno se empiecen a formar úlceras. Una úlcera no siempre duele de forma evidente, y ahí está el riesgo.
Tres: sangrado digestivo. Esta merece que la mires con cuidado, porque tiene dos caras. Hay un sangrado oculto, que no se ve y que solo aparece en un examen de sangre oculta en materia fecal. Y hay un sangrado alto y evidente: heces de color negro, o vómito con sangre, que se llama hematemesis. Si tú estás viendo cualquiera de esas dos cosas, esto deja de ser un artículo para leer con calma y pasa a ser un motivo para buscar atención médica hoy mismo.
Cuatro: cáncer gástrico. Voy a decírtelo sin dramatismo y sin rodeos, porque es la razón real por la que a esta bacteria no se le puede tener una actitud pasiva. La secuencia es conocida: la gastritis crónica se perpetúa, con el tiempo las células de esa pared empiezan a cambiar —eso se llama metaplasia— y ese cambio puede terminar en un adenocarcinoma gástrico. No le pasa a todo el que tiene la bacteria, ni mucho menos. Pero es un camino que existe, que toma años, y que se interrumpe.
Cinco: reflujo gastroesofágico. Es la consecuencia directa de lo que ya vimos con el esfínter. Y es el motivo por el que tanta gente lleva años tratando el reflujo sin que nadie haya buscado qué lo está produciendo.
Seis: manifestaciones psiquiátricas. Esta sorprende a todo el mundo, y con razón. Hay pacientes que empiezan con ansiedad y con depresión, y buscamos la explicación en cualquier parte menos en el estómago. Pero buena parte de tu serotonina —un neurotransmisor metido de lleno en los procesos depresivos— se produce en tu intestino. Cuando hay un problema instalado en el estómago y de ahí hacia abajo, ese circuito se resiente. En consulta se ve: pacientes con problemas estomacales e intestinales de larga data que terminan también con ansiedad y depresión.
Siete: pérdida de peso y desnutrición. Y esta es la que más pasa desapercibida. A nivel microscópico ocurre un síndrome de malabsorción: no digieres bien las proteínas, no absorbes bien los nutrientes, y el peso se va. Si tú eres de esas personas que comen bien, entrenan fuerza, se toman sus proteínas y aun así no logran subir de peso, quiero que este párrafo se te quede grabado. Puede que no sea tu metabolismo. Puede que sea esto.
Qué tan común es de verdad
Aquí uno esperaría estar hablando de algo raro. No lo es. Y en nuestro país, mucho menos.
En los países desarrollados la infección afecta a una parte importante de la población: los datos más recientes ponen a Europa alrededor del 40 % y a Norteamérica cerca del 27 % después del año 2000. A escala mundial se estima que unos 4.400 millones de personas la tienen.
Ahora mira lo que ocurre en Latinoamérica. Un estudio hecho en seis países de la región midió la infección con test de aliento en 1.852 personas de 21 a 65 años, en siete ciudades distintas. La prevalencia global fue del 79,4 %. Y en la sede colombiana, Túquerres (Nariño), fue del 83,1 %.
Ochenta y tres de cada cien personas.
Como vemos, esto cambia por completo la pregunta que uno debería hacerse. En un país como el nuestro la pregunta útil no es tanto quién la tiene, porque estadísticamente la tiene muchísima gente. La pregunta útil es quién la tiene y además está teniendo consecuencias.
Y hay que ser justo con los datos: ese estudio reconoce que solo tres de sus siete sedes tuvieron una selección estrictamente poblacional, y Túquerres es un municipio con características propias, no un promedio del país. La cifra no es «el 83 % de los colombianos». Es una señal potente de que en nuestra región esta infección es la norma y no la excepción.
Por qué hoy hay más gente con esto que antes
La transmisión se considera fecal-oral. Uno se contagia por manos que tocaron donde no debían y luego tocaron comida o boca. Eso explica por qué se concentra donde el agua y el saneamiento son peores, y por qué en una casa suele haber más de un caso.
Pero eso no es lo que más me interesa que entiendas, porque el contagio es difícil de controlar y ya ocurrió. Lo que sí está en tus manos es la otra mitad de la ecuación: cómo están tus defensas y cómo está el ácido de tu estómago.
Y ahí es donde entra una de las razones principales del aumento de casos: el uso excesivo de los inhibidores de la bomba de protones. El omeprazol, el esomeprazol, el pantoprazol. Y también el bicarbonato tomado por costumbre para cualquier ardor.
El problema no es que existan esos medicamentos, porque tienen indicaciones claras y en muchos pacientes son necesarios. El problema es que se toman durante meses y años sin que nadie vuelva a preguntarse por qué. Y lo que hacen, tomados así, es apagar el mecanismo natural con el que tú te defiendes de las bacterias que llegan por la boca. Incluida esta.
Fíjate en el círculo que se cierra solo: te arde, tomas un bloqueador de ácido, bajas todavía más un ácido que quizás ya estaba bajo, y con eso le abres la puerta de par en par a la bacteria que estaba causando el ardor.
Las cinco señales que deberían hacerte sospechar
La acidez y el dolor en la boca del estómago. Eso que se llama epigastralgia, y la pirosis, que es el ardor que sube por detrás del esternón.
Los signos de tener el ácido bajo. Digestiones que se eternizan, sensación de pesadez después de comer, gases, la comida que parece quedarse ahí.
El sangrado digestivo. Heces negras. Vómito con sangre. Ya lo dije arriba y lo repito porque es lo único de esta lista que no puede esperar: eso se atiende hoy.
La malnutrición y el peso que no sube. Nos preocupa mucho un dolor de cabeza o un dolor en el pecho, porque les atribuimos una causa grave. Al dolor de estómago no. Ese lo normalizamos y lo arrastramos por años. Y si además no logras subir de peso o vives mal nutrido, ahí hay una pista fuerte.
Ninguna señal. Hay pacientes sin ningún síntoma que nunca sospecharían que la tienen. Por eso los antecedentes pesan: si en tu casa hay o hubo un caso, si vienes de una zona de alta prevalencia, o si hay antecedente familiar de cáncer gástrico, la ausencia de síntomas no descarta nada.
Cómo se confirma: qué prueba pedir
Si la sospecha es alta, hay que concretar el diagnóstico. No conviene quedarse en la conjetura, porque de la confirmación depende todo lo que viene después. Las pruebas se dividen en dos grupos.
La invasiva, y la mejor: la endoscopia digestiva alta con biopsia. Se introduce un tubo que llega al estómago y al duodeno, se mira directamente cómo están las paredes, y en el mismo procedimiento se puede tomar una pequeña muestra —eso es la biopsia— para estudiarla. Da el mayor nivel de información porque además de decirte si la bacteria está, te dice cómo quedó la pared. Su desventaja es evidente: es invasiva y depende de que un médico la ordene.
Las no invasivas. Aquí hay dos que valen la pena.
El antígeno fecal busca directamente rastros de la bacteria en la materia fecal. Es la que yo prefiero pedir de entrada: no es invasiva, es costo-efectiva y tiene una sensibilidad adecuada para lo que necesitamos.
El test de ureasa en aliento se apoya en algo elegante. La bacteria produce una enzima llamada ureasa. Esta prueba mide en el aire que tú exhalas si esa enzima está trabajando ahí adentro. Si aparece, la bacteria está.
Las indirectas. Hemograma, coprológico, niveles de vitaminas. Ninguna te da el diagnóstico. Lo que hacen es prender la alerta: si aparecen alteradas en alguien con estos síntomas, hay que ir a una de las dos categorías anteriores.
El detalle que puede arruinarte el resultado
Y aquí va algo que casi nadie te dice, y que explica por qué a tanta gente le sale una prueba negativa estando infectada.
Si estás tomando omeprazol o alguno de sus parientes, esa prueba te puede salir negativa aunque tengas la bacteria. La razón es que estos medicamentos frenan la actividad de la ureasa, que es justamente lo que el test de aliento va a buscar, y afectan también la sensibilidad del antígeno fecal. Las guías internacionales recomiendan suspenderlos al menos dos semanas antes de hacerse cualquiera de las dos pruebas. Con los antibióticos el plazo es todavía mayor.
Ahora bien, los requisitos concretos varían de un laboratorio a otro, y esto sí quiero que lo hagas: antes de sacar la cita, llama al laboratorio y pregunta qué te van a exigir suspender y desde cuándo. Un minuto de llamada te ahorra un resultado que no sirve.
Y una cosa importante: suspender un medicamento que otro médico te formuló no lo decides tú desde un artículo. Eso se coordina con quien te lo mandó.
Cuándo me salto la prueba no invasiva y voy directo a endoscopia
No siempre empiezo por el antígeno fecal. Hay situaciones en las que la sospecha es lo bastante alta, o los síntomas lo bastante serios, como para que no tenga sentido dar rodeos. Voy directo a endoscopia cuando aparece pérdida de peso que nadie puede explicar, cuando hay melenas, esas deposiciones negras, o cualquier señal de sangrado, y cuando el cuadro clínico completo me hace sospechar que ahí abajo hay algo más que una bacteria.
La lógica es sencilla: en esos casos yo no solo necesito saber si la bacteria está. Necesito ver cómo está la pared.
Salió positivo. ¿Y ahora qué?
Primero, tranquilo. Esto se elimina. Y en la enorme mayoría de los casos se elimina bien.
Segundo, y esto es lo que quiero que te lleves de aquí: el objetivo no es que te sientas mejor. El objetivo es que la bacteria muera y que tú tengas una prueba que lo confirme. Son dos cosas distintas, y confundirlas es el error más frecuente que veo. Muchísimos pacientes hacen su tratamiento, se sienten mejor a las dos semanas, y nadie les vuelve a mandar una prueba de control. Esa historia termina, con frecuencia, en una recaída.
Por eso, cuando termines el tratamiento, la agenda ya debería tener puesta la fecha de la prueba de control. Y hay un detalle de esa fecha que decide si el resultado sirve o no: hacerla demasiado pronto da un negativo falso. La recomendación es esperar al menos cuatro semanas desde el último día de tratamiento. Si te la haces antes, es muy posible que te digan que estás limpio sin estarlo, que es exactamente la trampa que estamos tratando de evitar.
Sé que cuatro semanas se hacen largas cuando uno lo que quiere es cerrar el capítulo. Pero una prueba hecha a destiempo no te da tranquilidad: te da una tranquilidad falsa, que es peor, porque cierra la puerta a seguir buscando.
Y hay algo más, que es donde el enfoque funcional aporta lo suyo. Después de un tratamiento fuerte tu mucosa queda arrasada, tu flora queda diezmada y tus reservas de nutrientes quedan en el piso. Matar la bacteria es apenas la primera parte del trabajo. Lo que se hace después decide cómo te vas a sentir los meses siguientes. Ese trabajo completo lo organizo en cuatro pasos, y lo voy a desarrollar en el siguiente artículo de esta serie.
Para quedarte con esto
- El Helicobacter pylori sobrevive al ácido, se agarra a la pared del estómago y le ordena a tu estómago dejar de producir ácido.
- Ese ácido bajo es el que explica el ardor, el reflujo y las malas digestiones. Muchas veces el problema es defecto, no exceso.
- Puede estar detrás de gastritis crónica, úlceras, sangrado digestivo, reflujo, ansiedad y depresión, peso que no sube y, en su peor camino, cáncer gástrico.
- En Latinoamérica es la norma: 79,4 % en un estudio de seis países, 83,1 % en la sede colombiana.
- El uso prolongado de omeprazol y similares desarma tu propia defensa y cierra el círculo.
- Heces negras o vómito con sangre: eso se atiende hoy, no la semana entrante.
- Antes de la prueba, pregunta en el laboratorio qué debes suspender. El omeprazol puede darte un negativo falso.
- La erradicación se comprueba con una prueba de control, no porque te sientas mejor. Y no antes de cuatro semanas.
Preguntas frecuentes
¿El Helicobacter pylori se quita solo?
No. Se instala en la pared del estómago y ahí se queda por años si nadie interviene. Sentirte mejor por temporadas no significa que se haya ido.
Tengo Helicobacter pylori pero no siento nada. ¿Igual hay que tratarlo?
Hay pacientes completamente asintomáticos, y el daño de la pared avanza igual mientras tanto. Esa decisión se toma con tu médico y mirando tus antecedentes, especialmente si hay historia familiar de cáncer gástrico.
¿Tengo que dejar el omeprazol antes de hacerme la prueba?
Sí, y es un punto crítico: tomarlo puede hacer que la prueba salga negativa aunque tengas la bacteria. Las guías piden al menos dos semanas sin él. Pregunta en tu laboratorio qué exigen exactamente, y coordina la suspensión con el médico que te lo formuló.
¿Cuánto hay que esperar para hacerse la prueba de control después del tratamiento?
Al menos cuatro semanas desde el último día. Hacerla antes puede darte un negativo que no es real.
¿Se contagia entre parejas o dentro de la familia?
La transmisión se considera fecal-oral, y por eso es frecuente encontrar más de un caso en una misma casa.
¿La gastritis y el Helicobacter pylori son lo mismo?
No. La gastritis es la inflamación de la pared del estómago; el Helicobacter pylori es una de sus causas más frecuentes. Quedarse en el diagnóstico de gastritis sin buscar la causa deja el problema donde estaba.
¿Cuál prueba es la mejor?
La endoscopia con biopsia da la información más completa. Para empezar y sin necesidad de un procedimiento invasivo, el antígeno fecal es una excelente puerta de entrada.
Evidencia citada
- Porras C, Nodora J, Sexton R, et al. Epidemiology of Helicobacter pylori infection in six Latin American countries (SWOG Trial S0701). Cancer Causes Control, 2013;24(2):209-215. Consultar el estudio
- Hooi JKY, Lai WY, Ng WK, et al. Global Prevalence of Helicobacter pylori Infection: Systematic Review and Meta-Analysis. Gastroenterology, 2017;153(2):420-429.
- Sankararaman S, Moosavi L. Urea Breath Test. StatPearls, actualizado en febrero de 2024. Recoge la recomendación del Maastricht V/Florence Consensus Report. Consultar la referencia
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